Diócesis‎ > ‎Indice Jubileo‎ > ‎

Homilía Fiesta San Rafael, 24 /10/2010: explicacion del lema jubilar


Alabando a Dios que nos cuida1


Queridos hermanos obispos de la Región Cuyo:

S.E.R. Mons. José María Arancibia, Arzobispo de Mendoza;

S.E.R. Mons. Alfonso Delgado, Arzobispo de San Juan;

S.E.R. Mons. Jorge Luis Lona, Obispo de San Luis;

S.E.R. Mons. Sergio Buenanueva, Obispo auxiliar de Mendoza;

S.E.R. Mons. Pedro Daniel Martínez, Obispo coadjutor de San Luis.


Sr. Gobernador de la Provincia de Mendoza, Cdor. Celso Jaque.

Sr. Intendente de San Rafael, Don Emir Félix.

Sr. Intendente de General Alvear, Don Juan Carlos De Paolo.


Autoridades políticas de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, de los distintos ámbitos departamentales y provinciales.

Autoridades militares, policiales y de las fuerzas de seguridad; autoridades administrativas, escolares, de la salud, empresariales y sindicales, de las fuerzas vivas y de organizaciones no gubernamentales.


Representantes de otras comunidades cristianas y de otros cultos.


Autoridades de las Instituciones, Organismos y Movimientos laicales de la Diócesis de San Rafael.


Queridos hermanos sacerdotes.

Queridas hermanas y hermanos religiosos.

Queridos niños y jóvenes.

Abanderados de los colegios y de otras instituciones.

Queridos hermanos y hermanas laicos de la Diócesis.


Queridos hermanos y hermanas todos:


  1. Introducción


La primera lectura de hoy2 nos ha transportado a un momento crucial de la intervención de San Rafael, nuestro Arcángel Protector, en la historia de la salvación: cuando devela su nombre y el sentido de su misión.


También aquí el libro de Tobías descubre su mensaje más profundo: ¡Es Dios quien nos cuida! ¡A Él lo debemos alabar!


El Arcángel, luego de la maravillosa acción que ha desempeñado en el relato, se presenta como un mero instrumento de Dios, que a Él remite, sólo a Dios orienta y a Él dirige la vida y la alabanza de los protagonistas.


Sobre esta clave tan importante –no sólo para los personajes que aparecen en la narración, sino también para cada uno de nosotros, para nuestras familias y para toda la Diócesis– deseo reflexionar hoy con ustedes.


  1. El contexto


En la vida de Tobías se entrelazan dos historias muy difíciles: la de su padre, Tobit, y la de quien termina siendo su esposa, Sara. Su familia

la que lo trajo al mundo y la que él mismo formó– es, en definitiva, la que sufre y debe atravesar todas las vicisitudes y problemas narrados por el libro que lleva su nombre. Problemas como los que, tantas veces, afrontan las familias de cualquiera de nosotros.


Tobit, un israelita deportado a un país extranjero, es un hombre, bueno, honesto, creyente y leal con Dios, esposo fiel y buen padre, generoso en sus limosnas y en su compromiso con los más excluidos, especialmente con los muertos sin sepultura: ¡ejemplar a todo respecto! En un momento es despojado de sus bienes y es atacado sorpresivamente por la ceguera. Cae en la pobreza. Aun su misma mujer no lo comprende y discute con él. Llega a un punto tal que, agobiado por la angustia, pide la muerte en su oración.


La joven Sara, en otra ciudad muy distante, también es ejemplar: buena hija, fiel creyente, bella y pura, honesta y servicial. Pero es muy desgraciada: siete veces ha contraído matrimonio y, siempre, un maligno demonio mataba a sus esposos en la noche de la boda. También ella llega a pedir la muerte en su oración.


Un largo y riesgoso viaje de Tobías enlaza la trama: tiene que recuperar un dinero importante de su padre en una ciudad cercana a la de Sara, lo cual le dará la ocasión de conocerla, enamorarse, luchar por ella, y por último, regresar a su casa paterna casado con Sara y con el remedio para curar la enfermedad de su papá.


Rafael es quien acompaña a Tobías en su viaje, lo ayuda, aconseja y protege de todos los peligros; especialmente, le da el secreto para ahuyentar el demonio que atormentaba a Sara y para producir la medicina que sana a Tobit.


Cuando Tobit y Tobías quieren recompensarlo, Rafael se da a conocer como uno de los siete arcángeles que están en la presencia de Dios: justamente el que presentaba las oraciones de Sara y de Tobit ante el Señor en los momentos de su mayor angustia y desesperación.3


Es allí, en este contexto, donde nos brinda dos grandes orientaciones que quiero recoger esta tarde.


  1. La providencia divina


La primera orientación se expresa en estas palabras a Tobit: “Dios me envió para curarte a Ti y a tu nuera Sara. [...]. No era mi propia iniciativa, sino por voluntad de Dios”.4


Así se refiere a esa cualidad tan maravillosa de Dios que designamos con el nombre de Providencia divina.


El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia [la] perfección: Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, "alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura" (Sb 8,1). Porque "todo está desnudo y patente a sus ojos" (Hb 4,13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá. [Concilio Vaticano I: DS 3003]”.5


Y también enseña el Catecismo que “el testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos… ”6


Podemos decir nosotros, también con palabras del Catecismo, que la historia de la familia de Tobías y, en particular, este pasaje nos confirman que “el orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de las naciones, [ha sido] confiado por la providencia divina a la custodia de los ángeles…”7

***

Recientemente, nuestro Santo Padre Benedicto XVI, en su viaje al Reino Unido, en el recinto del parlamento más afamado de Europa, en el Westminster Hall, haciendo referencia a su bellísimo decorado, decía: “Los ángeles que nos contemplan desde el espléndido cielo de este antiguo salón nos recuerdan […] que Dios vela constantemente para guiarnos y protegernos…”8


Y, como haciendo eco de esta profunda convicción, también le decía a los ancianos, en uno de los discursos de este mismo viaje que mejor expresa su propia experiencia vital y su ternura: “Como dije al inicio de mi pontificado: «Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»”.9

***


En nuestro lenguaje más cercano, podemos traducir el concepto de “providencia divina” con una expresión más familiar: ¡Dios nos cuida! Como un padre bueno y todopoderoso a sus hijos, como una madre delicada y tierna a su bebé.


Así cuida Dios de la vida de cada uno y de la historia de todos.


Por eso, se las arregla para tejer nuestra trama, respetando siempre la libertad de cada uno, y para transformar, con su amor, su sabiduría y su poder, todo infortunio o todo mal en una fuente de bienes mayores y de mejores bendiciones.10 ¡Como lo hizo con Tobías y su familia!

***

Jesús mismo vivió esta experiencia, ¡y como nadie! ¡Experimentó hasta la muerte en beneficio de todos! ¡Y la resurrección para su glorificación!


Por eso “Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: "No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?... Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura"(Mt 6,31-33)”.11

***

La confianza en Dios y en el cuidado de su divina providencia es, entonces, la primera gran enseñanza de la intervención de San Rafael Arcángel: para nosotros, para nuestras vidas personales, para nuestras familias y para la Diócesis entera, esta lección adquiere ¡un valor especial!

  1. La alabanza

La segunda orientación de San Rafael Arcángel, en el pasaje que hoy nos guía, se expresa en estas palabras: “Bendigan a Dios, y celébrenlo delante de todos los vivientes por los bienes que él les ha concedido, para que todos bendigan y alaben su Nombre…”12


¡La alabanza es la gran actitud que recomienda ante Dios!


De hecho, el libro de Tobías, a partir de este pasaje, se convierte en un cántico de alabanza espléndido: la oración de Tobit en el capítulo 13 y la vida de la familia entera, en el último capítulo del libro ¡así lo expresan maravillosamente!

***


Pero ¿qué es la alabanza?


En griego alabar se dice con el mismo verbo que también traducimos como bendecir o celebrar: (eulogein).


Alabar es la actitud más noble, plena y plenificante que puede expresar el corazón del hombre cuando ama y es amado, cuando se realiza en el amor. Y esto vale tanto para con los demás hombres como para con el mismo Dios.

***


La alabanza supone, como en un primer escalón, el conocimiento y el reconocimiento de la otra persona: su bondad, su belleza, su nobleza y perfección. En relación a los hombres, implica admiración, respeto y honor. En referencia a Dios usamos una palabra reservada sólo a Él: adoración, que es la forma más excelsa de honra, veneración y glorificación.


Además, en un segundo escalón, la alabanza presupone la gratitud: conciencia y agradecimiento de los dones recibidos. La gratitud ve más allá de la justicia: reconoce que lo recibido no nos es debido, es superior a lo merecido. La gratitud mira el regalo recibido, el valor del don inmerecido y expresa la humilde y noble correspondencia a ese don que nos sorprende y nos desborda. La palabra “gracias” se puede ofrecer incluso a quien no conocemos, como cuando alguien nos cede el asiento, o el paso, o nos hace una gauchada ocasional. Lleva a ver la generosidad del otro, pero todavía está más atada al valor del obsequio recibido que al amor de quien nos brinda su bondad en él.


En cambio la alabanza va mucho más hondo: es la actitud que surge cuando el amor llega a la dimensión más personal. Salta del don al amor de la persona que en él se expresa generosamente. Pasa del valor de los regalos al amor de la persona que los brinda. Como en el día de la madre, cuando la mamá recibe un dibujo sencillo de su hijito y un “feliz día, mamá”, que le llena el alma más que una joya o unas flores compradas en la florería; como los enamorados, cuando ya no importan los presentes, sino solamente estar juntos y con una simple palabra –que los verdaderamente enamorados siempre saben encontrar– expresar alegría de que la persona amada sea como es ¡así de buena y bella!

***


Por eso alabar es bendecir, decir bien: como en el piropo que brota de un corazón puro y noblemente enamorado.


Por eso alabar es celebrar, es festejar, exultar de gozo y plenitud.


Por eso alabar compromete toda nuestra persona, cuerpo y alma, y se expresa en el canto y en el júbilo.


Por eso la alabanza lleva a la solidaridad y a compartir: el canto coral expresa esta característica de un modo particular, como lo disfrutamos con el coro Magnificat cuando ennoblece nuestro culto; o también en la fiesta de bodas, como sucede en todas las culturas: los novios festejan con la música y la danza, trasmiten la alegría del amor, que en ellos fragua y llega a una plenitud singular en ese momento único de la vida, compartiendo con todos los invitados su felicidad.


Por eso la alabanza quiere extenderse a todos y que todos se enciendan en su gozo. Como el amor que impulsa la genuina misión: quiere extender el don recibido y el amor compartido, porque ese es el dinamismo propio del amor, como el de la luz es iluminar. Y así, compartiendo, encuentra realización y plenitud.

***


Con Dios nos pasa algo semejante.


Si realmente percibimos su amor, si experimentamos que nuestro amor corresponde a su Amor, la alabanza brota pura y transparente, llena el alma y quiere abrazar a todos, en la tierra y en el Cielo. Nos embarga el corazón y explota en júbilo, en gozo profundo y feliz, y en deseo fecundo de comunicar su amor a toda la creación.


Por eso la alabanza no termina nunca: empieza en la tierra y dura todo el Cielo. El himno de la Carta a los Efesios, que hemos escuchado en la segunda lectura de hoy13, lo reitera como un estribillo: ¡nuestra vocación más profunda y nuestra esperanza es la alabanza de la gloria de Dios!14

***


Ahora bien, si no experimentamos el Amor, no saboreamos la alabanza, no podemos disfrutarla ni irradiarla en la tierra, ni gozarla eternamente en el Cielo.


Por eso, llegados a este punto, les hago una pregunta importante que deseo dejarle a todos para un buen examen de conciencia: ¿Sabemos alabar? ¿Experimentamos en nuestra relación con Dios la auténtica alabanza? ¿Tenemos esta experiencia en nuestra oración, en nuestra vida? ¿Sabemos alabar?

***


En el Evangelio que hoy hemos escuchado15, Jesús comparte con nosotros su alabanza al Padre celestial y nos abre su corazón manifestando la actitud más honda y bella en su relación con Dios, su Padre: Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra […] Sí, Padre, porque así lo has querido.16


Más aún, desde la experiencia más profunda de su corazón humano, entreabre una ventana al misterio de su intimidad eterna y celestial, al intercambio más hondo de las personas divinas en el seno de la familia trinitaria: nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo…17


Un hermoso himno expresa este vínculo tan maravilloso, que Jesús comparte con los humildes y pequeños [] a quienes el Padre se lo quiere revelar18. Dice así:

en el himno de amor y de alabanza

que se canta en el cielo eternamente

y en la carne del Verbo se hizo canto

de la tierra y del cielo juntamente.19

***


San Rafael Arcángel invita, en el pasaje que hoy nos ilumina, a celebrar, a bendecir a Dios, a “que todos alaben su Nombre.”20


Invita a Tobías y a Tobit, para que ellos inviten a todos los hombres.


Nos invita a nosotros también: a cada uno, mirando la providencia de Dios en su propia vida; a cada familia, recordando las gracias recibidas en la historia familiar; a la Iglesia diocesana de San Rafael, familia de Dios en el Sur mendocino, que también recuerda en la fiesta de hoy su origen y su misión.

***


Recientemente Benedicto XVI culminaba su viaje al Reino Unido invitando a la alabanza. Lo hacía al término de su homilía en la misa de la beatificación del Cardenal John Henry Newman, tomando las célebres palabras de quien fue a beatificar en su tierra natal y que el Beato puso en labios del coro celestial de los ángeles. En homenaje al Cardenal Newman y a la trascendencia de este viaje en el actual pontificado de nuestro bien amado Benedicto XVI, quiero, haciéndolas también mías, citarlas ahora:


"Sea alabado el Santísimo en el cielo,
sea alabado en el abismo;
en todas sus palabras el más maravilloso,
el más seguro en todos sus caminos".
21


  1. Anuncio del Jubileo de la Diócesis


Hoy, en esta ocasión especial, me es grato recordar que el año próximo la Diócesis celebrará las bodas de oro de su creación.


Más aún, en esta solemne fiesta, deseo anunciar a toda la Diócesis que tendremos un año jubilar por los cincuenta años de vida como Iglesia diocesana en el Sur mendocino, abarcando los tres departamentos de General Alvear, San Rafael y Malargüe.


Comenzará el primer domingo de Adviento del próximo año litúrgico, esto es, el 28 de noviembre próximo; y culminará en la fiesta de Cristo Rey del año 2011. Lo celebraremos así –y no insertados en el año del calendario civil– porque queremos moldear nuestra vida en la liturgia, viviendo el misterio de Cristo que se despliega en el año litúrgico.


Anuncio también ahora que el lema que nos guiará, elegido luego de amplias consultas y ponderaciones, será el siguiente: ¡Alabando a Dios que nos cuida!


Así, la Diócesis de San Rafael, la única que lleva el nombre del Arcángel en toda la Iglesia Católica, asume el mensaje central del libro que nos cuenta la intervención de su Protector en la historia de la salvación y que se constituye, para nosotros, en una privilegiada carta de viaje para nuestro peregrinar como familia de Dios en el Sur mendocino hasta la plenitud del Cielo.


No es ahora el momento de ahondar más en reflexiones y propuestas, que serán objeto de una próxima carta pastoral a toda la Diócesis.


Pero sí quiero dejarles, junto al anuncio y a la expectativa, el deseo profundo que vibra en mi corazón de padre y obispo de todos: el Señor nos conceda, en este año jubilar, que:


  • alabando a Dios que nos cuida celebremos las bodas de oro de la Diócesis de San Rafael, creciendo en santidad, con gran gozo y alegría

  • alabando a Dios que nos cuida profundicemos el misterio de la Iglesia en nuestro camino jubilar

  • alabando a Dios que nos cuida ahondemos con fruto la palabra de Dios que, de un modo singular, nos dirige el Señor en “nuestro” libro de Tobías

  • alabando a Dios que nos cuida maduremos una auténtica conversión pastoral, una genuina comunión diocesana y una vigorosa misión, como discípulos y misioneros de Jesucristo, para que en Él todos tengan vida.


Nada más. Amén. Así sea.


***


- ¡San Rafael Arcángel!

- Ruega por nosotros (tres veces)

1 Homilía pronunciada en la fiesta de San Rafael Arcángel, el 24 de octubre de 2010.


2 Cfr. Tob. 12, 1.6.11ª. 12-21. El salmo responsorial de la celebración fue: Sal 144 (145), 1-2.3-4.21. Antífona: ¡Te alabamos, Señor, y bendecimos tu nombre!


3 Cfr. Tob. 3, 16-17; 12, 12.


4 Cfr. Tob. 12, 14.18.


5 Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 302. En adelante CIC 302.


6 Cfr. CIC 303.


7 Cfr. CIC 57.


8 Cfr. BENEDICTO XVI, Discurso en el Westminster Hall (17-9-10).


9 Cfr. BENEDICTO XVI, Discurso en el asilo de ancianos St. Peter de Lambeth (18-9-10), citando su célebre Homilía en el solemne inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma, del 24 de abril 2005.


10 Cfr. CIC 310-313. Todo el problema del mal, físico o moral, en la historia o en la vida personal, encuentra genial y sintética resolución en palabras de San Agustín, citadas al final del nº 311: Porque el Dios Todopoderoso […] por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si El no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal.


11 Cfr. CIC 305.


12 Cfr. Tb. 12, 6.


13 Cfr. Ef. 1,3-14.


14 Cfr. Ef. 1, 6.12.14.


15 Cfr. Mt. 11, 25-27: “En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.”


16 Cfr. Mt. 11, 25-26.


17 Cfr. Mt. 11, 27.


18 Cfr. Mt. 11, 27.


19 Cfr. Himno del oficio de lecturas del miércoles de la primera semana, en Liturgia de las horas –Tomo IV, Ed. CEA, 1994, pag.735.


20 Cfr. Tob. 12, 6.


21 BENEDICTO XVI, Homilía en la beatificación de J. H. Newman (19-9-10), in finem, citando El Sueño de Gerontius, del Cardenal J. H. Newman. Así dijo Benedicto XVI: “Qué mejor que expresar nuestra alegría de este momento que dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo con sincera gratitud, rezando con las mismas palabras que el Beato John Henry Newman puso en labios del coro celestial de los ángeles: …”